Diego tiene ocho años y juega al fútbol en un equipo de Bilbao. Su entrenador lleva meses diciéndole a su madre que Diego tiene un problema de coordinación.
Lo que nadie le ha dicho es que Diego lleva zapatillas con suela de 3 centímetros desde que tiene memoria de andar.
No digo que la zapatilla sea la causa única. Pero los datos de Hollander y su equipo hacen pensar.
En 2018, Hollander y su equipo estudiaron a 600 niños de entre 6 y 12 años en el sur de África. Una parte de ellos se había criado habitualmente descalza. La otra con calzado convencional.
Los investigadores midieron varias habilidades motoras: equilibrio estático, salto de longitud, velocidad de carrera, coordinación general.
Los descalzos ganaron en casi todas las pruebas.
En equilibrio, la diferencia fue notable. En salto de longitud también. La coordinación general era superior en el grupo descalzo en todas las franjas de edad estudiadas.
"Los niños criados habitualmente descalzos mostraron una ventaja significativa en equilibrio, salto y coordinación frente a los que usaron calzado convencional desde pequeños."
El pie tiene más de 7.000 terminaciones nerviosas en la planta.
Cuando un niño camina descalzo, esas terminaciones envían información continua al sistema nervioso: dureza del suelo, temperatura, irregularidades, pendiente. El cerebro usa esa información para ajustar el equilibrio, la postura y la coordinación del movimiento en tiempo real.
Con una suela gruesa entre el pie y el suelo, esa información llega atenuada. O no llega.
El sistema nervioso no puede aprender de lo que no percibe.
Hay una matización importante.
El calzado minimalista — suela fina y flexible, sin amortiguación excesiva — preserva buena parte de esa retroalimentación sensorial. No es lo mismo que ir descalzo, pero se acerca mucho más que un calzado con suela gruesa.
Para un niño que vive en una ciudad española, ir descalzo todo el día no es siempre posible. Pero elegir un calzado que interfiera lo menos posible con la información del suelo sí es posible.
Ole los padres que compran los zapatos más resistentes, los más protectores, los más técnicos. Lo hacen bien.
Pero a veces proteger demasiado el pie de un niño es privarlo de los estímulos que necesita para aprender a usarlo bien.
No es que el calzado sea malo. Es que el exceso de calzado impide el aprendizaje.
Diego, el de Bilbao, lleva tres meses con zapatillas de suela fina.
Su entrenador dejó de hablar del problema de coordinación.